Mi caos creativo perfectamente funcional (y lleno de identidad visual)

Dicen que el proceso creativo es un camino estructurado con etapas claras… bueno, el mío no tanto. Es más bien un viaje entre referencias, inspiración espontánea y, admitámoslo, uno que otro episodio de La Rosa de Guadalupe. Pero lo mejor es que, dentro de ese aparente caos, hay una lógica que me ha permitido transformar cientos de ideas en marcas con esencia, personalidad y propósito.

Si alguna vez te preguntaste cómo nace una identidad visual única, qué hay detrás de los colores, las tipografías y esas decisiones que parecen pequeñas pero lo cambian todo… este blog es para ti.

1. Todo empieza con una buena conversación

Antes de diseñar, escucho. Y cuando digo escuchar, no me refiero solo a lo que el cliente dice, sino a lo que quiere decir y aún no sabe cómo expresarlo. Hago preguntas, muchas. Pido referencias, lanzo ideas en el aire y dejo que surjan chispas. Porque el mejor diseño empieza con una conexión real.

2. Inspiración: donde sea y como venga

Mi Pinterest es un multiverso. Pero también me inspiro viendo videos, analizando la competencia y observando detalles que otros podrían pasar por alto. No tengo un ritual sagrado, pero tengo claro que la creatividad necesita estímulos… y a veces esos estímulos vienen de un podcast, una película o incluso Lo que callan las mujeres en YouTube (no me juzgues, sé que no estoy sola 😂).

3. Intuición vs. estructura: mi balance sagrado

Aunque tengo una agenda organizada y etapas claras para guiar al cliente, internamente me muevo por intuición. A veces fluyo, a veces me freno. Pero siempre respeto mis tiempos creativos. Porque si me fuerzo, se nota. Y el cliente lo siente.

4. Inspirarme hasta decir basta (o casi)

Guardo imágenes, colores, palabras. Comparo, conecto y analizo hasta que aparece «esa» idea que lo une todo. Así nacen las paletas de color, las tipografías y los elementos visuales que dan forma a una marca con carácter.

5. Libertad creativa: el mejor regalo que me pueden dar

Pido información al inicio, claro. Pero si me das libertad, vuelo. La creatividad no respira bien en espacios muy rígidos, y agradezco cuando los clientes confían y me dejan ser. Prometo que devuelvo esa confianza con resultados que hablan por sí solos.

6. ¿Bloqueos creativos? Escucharme es mi salvavidas

No tengo miedo de parar. Porque sé que cuando algo no fluye, es mejor detenerse, respirar y reconectar. Forzar un diseño es como ponerle zapatos apretados a una idea: termina doliendo. Así que me permito sentir. Y cuando vuelvo, lo hago con más claridad.

7. ¿Cuándo sé que ya está listo?

Cuando lo miro y siento eso de: “¡Sí, esto es!”
Es posible que el cliente aún tenga ajustes (todos los tienen), y está bien. Pero hago una súplica pública: por favor, revisen TODO antes de enviar correcciones. No lo hagan por partes como si fueran entregando por fascículos semanales. Gracias, los diseñadores del mundo lo agradecemos profundamente 💛

8. Cada cliente, un universo distinto

No entrego lo mismo a todos. Cada cliente es un mundo: desde el emprendedor que solo quiere verse profesional en Instagram, hasta el empresario que necesita desde etiquetas hasta papelería corporativa. Me adapto. Pero siempre con la misma intención: crear algo único que represente su esencia.

9. Diseñar para el presente, soñando el futuro

Pienso en lo que viene, aunque el cliente aún no lo vea. ¿Esa paleta funcionaría en un uniforme? ¿Ese logo en un empaque? No es solo una marca, es una semilla de lo que puede ser su negocio mañana. Y yo me emociono como si fuera mío. Así de involucrada me siento.

Crear una identidad visual no es solo hacer bonito. Es darle voz, alma y forma a algo que antes solo existía en la mente de alguien. Mi proceso puede parecer un caos desde fuera, pero créeme, dentro hay método, pasión e intención. Y si eso no es magia, se le parece bastante.

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